Tic, tac, tic, tac

 

Sesenta segundos, sesenta minutos, mil cuatrocientas horas, cuatro millones doscientas cuatro mil ochocientas horas, ese es el tiempo transcurrido desde que tomé la primera dosis de aquel medicamento que mi cerebro necesitará el resto de mi vida.

Mi cerebro produce poca dopamina, por lo que la enfermedad de parkinson me produce rigidez, cansancio, periodos off (estado de dificultad motora e incluso congelación de duración variable)

Vuelvo la vista atrás,  he aprendido a convivir con él.  Me acompaña desde que me levanto hasta que me acuesto,  cuando estoy en la cima más alta y en el valle más profundo.

Está presente en todo lo que hago, hay momentos que una actividad tan sencilla como cepillarte los dientes es un esfuerzo para tu mano, es como si el cerebro no hablara el mismo lenguaje que la mano y esta no sabe bien que hacer.

Me miró al espejo, sé que soy yo. Aún así, descubro que él ha pasado sus dedos por mi rostro. En silencio, lentamente, suavemente, no te das cuenta de ello hasta que han pasado mil cuatrocientas cuarenta horas. Esa expresión extraña, una ceja más levantada como si hiciera un guiño jugando a las cartas, la mueca de los labios al hablar, la mirada fija y cansada.

Son señales invisibles a las que te acostumbras y vas aceptando. Señales invisibles al paso del tic, tac

“No te observes tanto, yo no veo nada”, te dicen. Como si con dejar de mirarte parara el tic tac. 

“Te ves bien, estás mejor que yo”, te comentan cuando te ven. Yo me cambiaría por ellos ahora mismo.

Llega la hora de la próxima toma, sientes que necesita esa dosis, esa pastilla rosada que cuando consigue llegar al cerebro me permite alejar los síntomas. Pero mientras llega intenta tomar el control de mi cuerpo. Percibo su llegada, los músculos se tensan, las manos tienden a cerrarse, la espalda se encorva, todo ello produce dolor. Un dolor que vives en silencio para no preocupar a la familia.

Tic, tac, tic, tac

Intento levantarme del sillón y vuelvo a sentarme como si alguien me empujara de nuevo al mismo lugar. 

Ahora no me preguntes porque en estos momentos mi cerebro y mi capacidad de hablar estas desconectados. Sé lo que tengo que decir, pero te miro mientras espero que las palabras lleguen a mis labios.

Caminemos más rápido, si vas lento me voy quedando parada. Si coloco una bolita muy pequeña en el zapato mi cerebro se activa, ahí hay algo que molesta, se concentra en la molestia y esto me permite seguir caminando.

Tic, tac, tic, tac

No me siento sola en esta lucha. No somos dos, ni diez, somos miles los que luchamos cada día para tener una calidad de vida lo mejor posible.

Sabemos que no podemos parar el reloj, ni el avance de la enfermedad, pero nuestra lucha no es para ver quien es más fuerte de los dos. Nuestra lucha es de aceptación,  de valor y de coraje.

Compartir con ellas y ellos me hace más fácil la tarea. Te sientes animada, apoyada y no estás  sola.

Ellas y ellos forman parte de mi vida, de mi otra familia. Juntos compartimos la fuerza cada sesenta segundos y juntos seguiremos cuatro millones doscientas cuatro mil ochocientas horas y muchas más. 

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