No todo es párkinson

Recientemente he acudido a revisión con mi neuróloga. Durante la exploración clínica la doctora observó que mi mano izquierda se mueve muy torpemente. Noto desde hace ya tiempo que mi coordinación manual es muy dificultosa. Tareas sencillas se convierten en casi imposibles cuando debo coordinar ambas manos. Yo lo achacaba a la rigidez y lentitud propias de la enfermedad, pero la doctora lo achacó a un déficit más funcional que neurológico. 

Haciendo memoria, la verdad es que esta torpeza comenzó a raíz de una de mis caídas, provocadas por el freezing, en la que me rompí la mano izquierda. Fue una rotura dolorosa, que debió ser intervenida y cuya rehabilitación llevó tiempo. Para mí fue bastante traumática, pues me limitó para muchas de mis actividades y aumentaron exponencialmente mis miedos a volver a caer o hacerme daño, de nuevo.

Parece que mi cerebro ha decidido olvidar que tengo mano izquierda y cuando la pido moverse, lo hace torpemente y “sin mucha gana”. Mi mano derecha, se ha hecho dueña y señora y acude a mis peticiones con agilidad, antes de que mi mano izquierda ni tan siquiera se desperece. Mi mano izquierda se ha convertido en vaga y remolona, mientras la derecha asume sus tareas sin rechistar. El problema viene cuando ambas manos tienen que trabajar a la vez y complementarse (secar y peinar el pelo, pelar una patata, abrochar un botón…), en esas situaciones la descoordinación es tal que he tirado la toalla y eludo ciertas tareas, buscando alternativas.

Mi doctora ha apostado por la terapia ocupacional y me ha retado a recuperar mi mano izquierda con constancia. Parece que va a tener razón, como suele ser habitual en ella, porque con unas pocas sesiones mi mano comienza a competir en agilidad con su gemela. Trabajamos la rapidez, la fuerza y la coordinación y tímidamente he comenzado a chasquear mis dedos y coreografiar movimientos. Estas terapias sumadas a la constancia en los paseos diarios con mis bastones nórdicos me están ayudando a mantener mis síntomas motores a raya. 

Os comparto esta experiencia porque sospecho que, algunas veces, achacamos a nuestra enfermedad todo lo que nos ocurre, abandonado la posibilidad de recuperar funcionalidades que pueden ser sencillas jugarretas de nuestro cerebro para evitar algunas situaciones que le resultan incómodas.

La suerte es que mi neuróloga no tira nunca la toalla y me pone constantes retos para zafarme de las trampas de Mr. Parkinson y de mi propio de cerebro.

Ahora a ver si logro luchar contra esos otros síntomas no motores que me acechan peligrosamente. Seguiremos trabajando.

Artículos recomendados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.