Neuroplasticidad

Muchas veces hemos escuchado que nuestro cerebro es como un gran ordenador. Pensamos en los datos que es capaz de acumular pero prestamos poca atención a lo que es capaz de aprender.

Sabemos que nuestro mundo actual está lleno de algoritmos pero nuestro cerebro funciona con ellos desde tiempos ancestrales. Los algoritmos son nuestras sinapsis. Para hacer cualquier cosa el cerebro realiza una planificación, una ecuación que dará como resultado la función que se desea ejecutar.

En términos poco científicos y para usar una explicación lo más coloquial posible, tras cada uno de nuestros movimientos hay una ruta sináptica. Por ejemplo, supongamos que queremos estar erguidos a la pata coja y a esta acción la llamamos “4”. El cerebro, por defecto, tiene un algoritmo establecido para obtener ese resultado, el más sencillo y directo; 2+2=4. Supongamos que esos doses son neuronas dopaminérgicas, al conectar entre sí envían esta señal al cuerpo que hemos llamado “4” y el resultado final es que efectivamente nos aguantamos a la pata coja. En el párkinson mueren progresivamente las neuronas dopaminérgicas así que el cerebro se puede encontrar con que quiere obtener un “4” y no puede sumar doses para ello. Queremos estar en una postura de pata coja pero nos caemos, la ruta sináptica que lo hacía posible ha desparecido y el cerebro se rinde, no sabe encontrar una operación alternativa que de “4”. Es entonces cuando tenemos que enseñarle que 10 dividido entre 2 da 5 y si restamos 1 también el resultado es un 4. Es una ruta poco práctica y más larga, más torpe, pero lo importante es que podremos estar erguidos a la pata coja porque el resultado es 4. En esto consiste la neuroplasticidad o la regeneración sináptica, en modificar el esquema sináptico para obtener el mismo resultado con algoritmos distintos a los diseñados de fábrica. Esto se consigue estimulando al cerebro desde la conducta práctica y los hábitos repetitivos. Si desaparece la ruta 2+2=4 lo lógico es que no querremos ponernos a la pata coja porque nos caeremos y nos causará dolor. Así, que a medida que desaparecen las rutas que organizan nuestro movimiento nos movemos menos precisamente para evitar caernos y sufrir.

Pero es precisamente entonces cuando debemos trabajar para forzar a nuestro cerebro a buscar algoritmos alternativos. Eso es lo que hace el ejercicio. El primer día te pondrás a la pata coja y te caerás. El segundo también. Pero al cabo de muchos días, el cerebro, que tiene la función de que el cuerpo se adapte al medio, encontrará una ruta sináptica para que puedas estar de pie a la pata coja. No será la ruta más efectiva, más rápida, más lógica, pero es funcional.

En eso consiste la rehabilitación motora, en potenciar la plasticidad sináptica para que nuestro cerebro sea resolutivo ante las dificultades de movimiento. Por eso la constancia, la repetición, en el ejercicio no es estéril. Es un entrenamiento físico pero también es una forma de entrenar a nuestro cerebro en la flexibilidad neuronal, de educarlo a ser ágil planificando movimientos fuera de la lógica.

Por eso muchos creemos que aunque el deporte no nos va a curar ni va a evitar los estragos del párkinson, sí es una buena herramienta para mitigar sus efectos. Más vale maña que fuerza, que dicen.

Tere Borque

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