Del brazo derecho al pie izquierdo

No era consciente de lo que me sucedía. Mi vida transcurría igual que siempre. Acababa de terminar un contrato de cuatro meses. Había pasado un año de mi último empleo. El país vivía una convulsa crisis económica, mientras buscaba un empleo que no llegaba. Intentaba llenar las horas y los días en atender a la familia, estudiar, las amigas, el deporte y enviar currículos.

Del brazo derecho al pie izquierdo

Tenía cuarenta y ocho años, me sentía aún joven, a pesar de que me decían que por la edad me sería difícil encontrar empleo.

Aquel trabajo me dejó agotada y el dolor del hombro derecho me estaba matando. Había pasado por dos traumatólogos y seguía igual. Las visitas al fisioterapeuta me calmaban el dolor un tiempo, pero acababan por volver.

    – ¿Por qué no mueves el brazo? Me preguntó mi madre, mientras paseábamos por aquella playa

de arena fina y dorada.

    – No lo sé. Es como si no recibiera la orden del cerebro.

    – Mama, ¿bates las claras con la mano izquierda?, preguntó mi hijo mayor

    – No sé por qué.

Me senté frente al ordenador, como tantas otras personas que buscan orientación, y tecleé

Google.

    – A ver … “no mover brazo derecho, cansancio”, buscar, “brazo no se mueve cuando camino, el

cerebro no da la orden”, buscar, “lentitud de movimientos, me duermo en cualquier sitio”,

buscar…

Las opciones que me ofrece el buscador no me gustan, esclerosis múltiple, ictus, traumatismo

cerebral…. No, eso no me puede pasar a mí.

¿Qué me pasa? Yo me encuentro cansada, muy cansada. No me atrevo a decir que me he babado

hablando por teléfono.

Me justificaba a mí misma diciéndome que estaba cansada como tantas mujeres, madres y

trabajadoras, lo del hombro era una tendinitis, necesito descansar, eso me hará sentir mejor. Los

especialistas me confirmaron que era una tendinitis en el hombro, porqué iba a ponerlo en dudas. Tres

infiltraciones.

    – Mañana voy mi doctora del centro de salud.

Una semana después llegó esa mañana. Me había levantado preocupada, nada me hacía

suponer lo que viviría el resto del día. Me vestí y arreglé con la intención de ir de compras

después, craso error.

Le conté lo que me ocurría sin darle importancia a lo que me pasaba, o eso creía yo.

– Sigo con el dolor del hombro, he dejado de mover el brazo. Estoy tan cansada que ni escribir

puedo porque hago la letra muy chiquita.

    – ¿Desde cuándo haces la letra así? ¿Por qué no me lo habías comentado? Te voy a hacer un

parte para que te atiendan en urgencias ya.

    – Pensaba irme de fin de semana al sur, es mi aniversario de boda.

    – Vale, descansa. Pero sin falta , el lunes temprano al hospital.

El lunes, a primera hora de la mañana, estaba en urgencias del hospital.

    – Cariño, son las nueve de la noche. Estoy cansada y aún no ha llegado el neurólogo, le dije a mi

marido. Llevo todo el día en esta camilla, estoy cansada y no he comido nada.

    – Me han dicho que ya baja. Por lo visitó han estado muy liados.

Todo el día en aquella camilla, recordé varias veces que no había dejado el almuerzo

preparado y todo lo que tendría que hacer al día siguiente.

Al cabo de un momento se presentó la neuróloga acompañada de un joven médico residente.

Después de disculparse por el gran retraso, me realizaron un examen físico para comprobar el

funcionamiento neurológico del cuerpo.

    – Saque la lengua, muévala a la derecha, la izquierda. Sigue con la mirada el dedo.

    –  Unos golpecitos en las rodillas, codos y tobillos. Y comenzaron las preguntas.

    –  ¿Cuándo dejaste de mover el brazo? ¿Desde cuándo estás cansada? ¿Has notado si te ha

desaparecido alguna arruga? ¿Cuándo comenzaste a escribir con la letra pequeña?…

    –  Ahora camina por el pasillo, gira, levanta los brazos, cierra y abre las manos, mueve los dedos

así, golpea el suelo con un pie luego con el otro, cierra los ojos, abrelos…

    – Te vamos a hacer una resonancia magnética.

    – Once de la noche.

    – Te quedarás ingresada

Era incapaz de pensar en porqué me quedaba ingresada, No había comido nada en todo el

día, tampoco me importaba, sólo quería dormir. A pesar del cansancio, apenas dormí, pero

tampoco me sentí preocupada. El cansancio no me dejaba pensar.

A la mañana siguiente visitas médicas y comienzo de pruebas que terminarían por confirmar el

diagnostico once días después.

    – Tiene usted Parkinson. ¡Plaf! Un jarro de agua fría. ¡No! Un palo de agua fría.

La incredulidad con la que le miré, la confusión en mi cara, hizo que volviera a repetir la

misma frase.

    –  Tiene usted Parkinson. Una enfermedad neurodegenerativa, crónica y que afecta al movimiento.

¡Qué daño pueden hacer lo videos de Youtube! La primera imagen que se me pasó por la

cabeza fue una entrevista que le hicieron a Mickel J. Fox.

    –  ¿Acabaré yo igual?, pensé

Visita de familiares y amigos, lágrimas al estar a solas, dolores de cabeza como nunca,

pensamientos de futuro, incertidumbre y muerte.

El regreso a casa no fue mejor, más lágrimas, más miedo, cansancio, dormir, … sólo dormir.

No sé cuanto tiempo pasé en aquel estado, vivía ajena a todo lo que no fuera yo. La rutina y

las ganas de no hacer nada.

    – No hagas esto. No salgas sola. Ten cuidado al bajar las escaleras.

    –  No busques en internet, olvídate.

    – No llores, tranquila

    – Ya verás que estarás mejor

Las mañanas solía estar sola, salvo los momentos en que venía mi madre a verme, y aprovechaba

 para volver a consultar en el ordenador.

Guardar como borra

    –  Google, … parkinson mujer síntomas esperanza de vida

Un día, no sé de qué día, me visitó mi hermana.

     – ¡Basta ya! Todos tenemos que morir de algo. Levántate que vamos a pasear.

No recuerdo cuanto tiempo pasó, sólo sé que en mis recuerdos hay un espacio en blanco

Artículos recomendados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *