Ama a tu cerebro

Leí con mucho interés el último artículo que publicó Lucía Wang en “Con P de Parkinson”. Efectivamente, la información es poderosa. En el sentido positivo pero también en el negativo. Es natural que una sienta curiosidad y consulte en Google todo lo referente a su enfermedad, más aún cuando una creía que eso era de personas mayores y piensa que es una excepción. Quieres saber si hay más como tú y qué te va a pasar. Cómo vas a acabar. Internet es esa bola de cristal y un zoco de información peligroso. Los periodistas, antes de leer cualquier texto, miramos dos cosas: la fuente de esa información y la fecha. Es importante que quien genere la información sea alguien de referencia, un centro de investigación solvente, un hospital reconocido, un científico o un neurólogo o incluso un paciente del que se conoce consulta fuentes responsables. Y también es importante saber el cuándo de esos datos. Pero yo también quería hablar de ese dilema que seguro hemos tenido muchas de nosotras. ¿Es bueno estar informado o no lo es?

 

Cuando me diagnosticaron parkinson, el neurólogo que me atendía entonces me recomendó no informarme demasiado. Fue así durante dos años. La finalidad, protegerme de toda esa información poco o nada fiable que internet no filtra. Sin embargo, no fue una buena elección. Durante esos dos años sufrí los síntomas de esta enfermedad y los efectos secundarios de la medicación con los ojos vendados. El parkinson me zarandeaba a diestro y siniestro sin yo saber ni porqué ni cómo evitarlo. Y es que la información es una herramienta útil para saber por dónde pisas. Bien que compramos guías de viajes cuando hacemos turismo. Necesitamos tener una cierta idea de las costumbres, la comida, el clima y las características del país que vamos a visitar. Si vamos al desierto escogeremos un calzado diferente del que nos pondremos si vamos a la nieve. Elegiremos una ropa adecuada para el frío o el calor. Prevenimos posibles adversidades antes de emprender el viaje. No iremos a países que están en guerra, por ejemplo. O compraremos loción antimosquitos si vamos al sudeste asiático. Claro, tenemos cierta cultura general y mucha de esta información la conocemos sin necesidad de ninguna guía turística. Pero si el Párkinson fuera un país, ¿qué sabemos de él? La sociedad en general sabe poco de neurología, es una rama de la biología que aún se percibe como muy complicada. Incluso para los científicos el cerebro es un misterio, dicen que saben menos de él que de la galaxia. Pero estas dos últimas décadas se ha avanzado mucho. La ciencia ha hecho pasos de gigante en cuanto al estudio del cerebro. Hay infinidad de libros y artículos sobre neurología, incluso hay neurocientíficos que son verdaderas celebrities. Quizás no hablan justamente de párkinson pero sí de dopamina, sinapsis, neuroplasticidad, … términos que hasta no hace tanto nos sonaban a chino.

 

Para mí fue muy importante entender mi enfermedad desde un punto de vista racional. Abstraerme de todas las emociones y sensibilidades que me provocaba la nueva situación y tener una actitud curiosa hacia esto que ocurría dentro de mi cabeza. Creo firmemente que conocer algo mejor el funcionamiento del órgano en el que está ubicada la enfermedad de párkinson es una linterna en la oscuridad. Saber qué le molesta, cómo puedo aliarme con él y hacer equipo contra esta neurodegeneración crónica, aprender a mimarlo. Bueno, sabemos por qué un cáncer de pulmón es incompatible con el tabaco. Incluso sabemos cuál es la mejor crema hidratante para nuestra piel. Pero muchas veces no sabemos qué le conviene a nuestro cerebro. Es un absoluto desconocido. Un día me dijeron, amar es cuidar de la vulnerabilidad del otro. Ama a tu cerebro.

 
Tere Borque

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1 comentario

  1. Efectivo la información es muy importante, cuando no la tenemos somos como los ratones de laberinto en el laboratorio, chocando con las paredes de cristal, realmente es desgaste emocional, físico, espiritual, familiar, social, es un hecho y estoy de
    acuerdo, en mi época a mis 24 años me sentía muy descontrolada, desesperada, confundida, con una familia que creía me estaba volviendo loca, ahora tengo 52 años y les cuento que yo pasé mucho tiempo, más del que hubiera pensado es más ni cuenta me di el tiempo sólo pasó, y me llevé mucho tiempo con los ojos cerrados, lo cual fue muy costoso

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